Se notaba en el ambiente desde hace ya algunos años
que Hollywood quería premiar, y dentro de sus posibilidades,
absorber, a Javier Bardem, y lo único que esperaba para
coronarlo con un Oscar es que éste llegara con el vehículo
adecuado.
Los Coen y su película «No es país
para viejos» eran sin duda el vehículo adecuado.
Para ganar un Oscar de interpretación no sólo es
preciso ser un buen actor, cosa que Javier Bardem ha demostrado
ya en varias ocasiones, sino que también se requiere (y
al menos en esas mismas dosis) un lápiz en rojo que subraye
tu trabajo.
En la ocasión anterior en la que Javier Bardem
tuvo el Oscar al alcance de la mano, cuando competía con «Antes
(de) que anochezca» —y que se lo quitó con un golpe
de tridente Russell Crowe por su papel en «Gladiator»—,
el vehículo (o sea, la película de Julian Schnabel)
con el que llegaba tenía una cilindrada justa, mucho más
justa que el de este año, un peliculón dirigido
por unos santones de Hollywood, los hermanos Coen, con todo el
peso y la ventaja que significa llegar con una de las películas
del año.